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13 marzo, 2021

Ejercicio de libertad

 Definamos Libertad en palabras sencillas: hacer o no hacer lo que deseas sin molestar a los demás y respetando sus decisiones. Es hermoso ejercer la libertad. Pero aún es más placentero y edificante permitir que otros la ejerzan, la sientan y la disfruten.

Conozco un ejemplo de actuar en libertad que me ha llamado la atención y me ha enternecido. Nuestro ejercicio profesional como Médico de Familia se engrandece en ocasiones (yo diría que con mucha frecuencia) cuando - gracias a la confianza depositada en ti por tus pacientes- te enteras de situaciones como la que voy a relatar. Me la ha contado uno de los dos protagonistas que intervienen, de los que no voy a poner ni el nombre, sexo, edad, profesión, ni ningún otro dato identificativo. Incluso no diré cual de los dos ha sido mi confidente. Los llamaré con sendos nombres imaginarios que no tienen nada que ver con los protagonistas.
Resulta que a Hermógenes le interesa el tema de la muerte como fuente de conocimiento de los sentimientos de otras personas. Le gusta conocer qué opinan los demás, qué sienten, cómo se comportan, cómo se expresan, quienes le rodean, cuando surge el tema en una conversación, o cuando lamentablemente hay que hacer frente al fallecimiento de alguien conocido y/o querido. Pero -como es natural- también tiene de vez en cuando que afrontar el pensamiento de la posibilidad de su propio final. Esto no le preocupa. Aunque le quedan por hacer muchas cosas que ha ido dejando atrás en sus prioridades a lo largo de su vida, considera que tiene motivos más que suficientes para estar satisfecho y tal vez orgulloso por todo lo que ha realizado. Aún así no es capaz de frenar su ímpetu por seguir innovando y participando en todo lo que supone avance y mejoras para los demás. Este “fallo de frenos” le impide ir cerrando procesos aún abiertos hace tiempo, lo que le produce cierta inquietud ante el pensamiento de que su propia muerte llegara y no le hubiera dado tiempo de completar su proyecto de vida.
Pero esta incomodidad de visita no esperada y a destiempo, es mínima comparada con el desasosiego que le produce pensar en la presencia del dolor y el sufrimiento llegados los últimos momentos de su vida. Y que llegado ese tiempo Hermógenes perdiese el raciocinio.
Teniendo en cuenta esta última posibilidad, esta persona, quiso dejar bien claro que, dado el caso de perdida de la razón, el equipo médico que estuviera atendiéndolo le facilitara una muerte digna y sin dolor.
Andalucía es la Comunidad Autónoma pionera al promover una Ley de Muerte Digna, que regula el ejercicio de los derechos de la persona durante el proceso de su muerte, los deberes del personal sanitario que atiende a estos pacientes, con la garantía de las instituciones sanitarias. Siendo Hermógenes conocedor de esta Ley, diligenció sus últimas voluntades y designó a Ganímedes, persona amiga suya, como su representante en caso de que -llegada la hora de decidir- Hermógenes no tuviera sus facultades mentales lúcidas para ello. La eligió como su portavoz decisorio porque la conocía, y sabía que podría ser su alter ego, y que no se dejaría llevar por sentimentalismos ni subjetividades a la hora de decidir, y que por su experiencia sabría escoger el mejor momento para “desconectar”.
Pero, Hay un pero: No se puede designar un representante para tomar una decisión en esos momentos cruciales sin haber pedido antes su autorización. Hermógenes se lo había insinuado en una ocasión a Ganímedes, recibiendo una respuesta neutra, para salir del paso, no quedando clara su aceptación. A los pocos días de esta conversación no terminada, Hermógenes y Ganímedes iban a dejar de verse por algún tiempo. Por otros motivos, Hermógenes escribió a Ganímedes solicitándole información sobre dos temas que le concernían y aprovechó para pedirle formalmente si quería ser su representante en el Registro de Voluntades Vitales Anticipadas. Como sabía que esta petición suponía un compromiso importante y difícil, terminaba su correo-e “pidiéndote disculpas de antemano por el "embolado" que pueda suponer, pero siendo respetuoso y comprensivo con tu libertad de respuesta en lo que decidas”.
Esperó días, semanas, meses. No recibió contestación a ninguna de las tres demandas. Podría haber contestado a alguna de las otras dos preguntas menos comprometidas, pero no fue así. Hermógenes pensaba en la posibilidad de que a Ganímedes no le hubiese llegado su e-mail y por ello no contestaba. También le pasó por la cabeza esperar un tiempo y cuando se volvieran a ver preguntarle directamente, con la condición de obtener una simple respuesta de si o no, sin explicaciones, si le había llegado su escrito.
Tenía que respetar la libertad de Ganímedes. Si no le había respondido tendría sus razones y había que acatarlas. El simple hecho de preguntar acerca de la recepción del escrito coartaba la libertad de Ganímedes, ya que podía forzarle a decidir positivamente algo que no le apetecía. O podía hacerle pasar un mal rato a Ganímedes pensando que Hermógenes creería que al no recibir respuesta, lo había ignorado y que no lo apreciaba.
El relato finaliza: Hermógenes fue respetuoso con la decisión de Ganímedes y jamás le preguntó. Sin embargo siguió apreciándole y teniendo una relación con Ganímedes igual que hasta ahora; incluso se esmeraba en que fuese mejor y más satisfactoria.
Aquí está la grandeza del ejercicio de la libertad, con que comenzaba este relato: no solo consiste en hacer lo que te apetece o inhibirte cuando quieras. También es acatar lo que libremente deciden los demás, siempre que sea justo. En este relato vemos un claro ejemplo de respeto en la toma de decisiones de dos personas.

15 mayo, 2018

Dilemas en cuidados paliativos de familiares

Dilemas en cuidados paliativos de familiares

Articulo del Dr. Angel López Hernanz


Llegué esa tarde porque me avisaron mis hermanos que estaba peor, aunque ya había acudido otras veces por la misma causa, trascurrían ya más de siete meses desde que el golpe y sus complicaciones lo dejaron encamado. Desde entonces diferentes médicos habíamos pronosticado en distintas ocasiones que estaba en sus últimos días. Pero esta vez era diferente, habían tenido que llamar al médico de urgencias por crisis de necesidad en dos ocasiones sin dar tiempo a que yo recorriera los casi 100 Km. que nos separaban, cuando esto no había ocurrido anteriormente.
Me acerqué, lo rodeaban mi madre, sus nietos, algunos de mis hermanos, mi mujer y su cuidadora, respiraba con dificultad, estaban su cara y los dedos azulados y el rictus de sufrimiento a pesar que le habían puesto varios medicamentos para evitarlo, le cogí la mano y le pregunté al oído si necesitaba o quería decirnos algo, no contestó solo me miró.
Durante las  semanas previas se me habían planteado dudas (twitter) sobre cuidados paliativos en un familiar directo: 

  • ¿está en situación terminal?
  • ¿necesita sedación?
  • ¿Cuando debo hacerlo?
  • ¿Lo debo hacer yo?
  • En estos casos el enfermo y la familia se deben considerar en conjunto: ¿en qué lugar estoy yo?
  • ¿Cómo me comunico con mi familia? ¿como médico, como familiar?
  • La intención es lo que marca la diferencia entre una sedación o una eutanasia: ¿quiero disminuir la conciencia o quiero que esto acabe ya?.
  • ¿Tomaría las mismas decisiones y actuaría igual, ante la variación de síntomas si no fuera familiar directo?

Estas dudas me surgen a mí que soy un médico con 30 años de experiencia y múltiples y habituales intervenciones en cuidados paliativos y sedación de agonía, supongo que se las planteará también cualquier otro médico. Para resolverlas con cierta clarividencia, hay que tirar de profesionalidad y guías clínicas.
La agonía se define como el estado que precede a la muerte. La asistencia a la agonía es uno de los grandes retos de el personal sanitario, cuando esta asistencia se produce sobre un familiar directo el desafío es mayor.

La sedación paliativa en la agonía es un procedimiento que, tal como lo define la Organización Médica Colegial “se utiliza cuando el enfermo se encuentra en sus últimos días u horas de vida para aliviar un sufrimiento intenso”. 

Depende de la sensibilidad del médico y su atrevimiento el actuar conforme a las buenas prácticas médicas, esto se complica si al que tienes que aplicarlo es a un familiar: padres, hermanos, cónyuge, hijos.

La necesidad de disminuir la conciencia de un enfermo en las horas anteriores de su muerte ha sido y es objeto de controversia, en sus aspectos clínicos, éticos, legales y religiosos. 

El aspecto más importante a tener en cuenta, es determinar y reconocer que el paciente se está muriendo. Determinar criterios de terminalidad para aplicar bien los tratamientos paliativos es esencial tener unos criterios claros, como los de la SECPAL, estos criterios son:

  • Existencia de una enfermedad avanzada, progresiva e incurable.
  • Falta de posibilidades razonables de respuesta al tratamiento específico.
  • Aparición de numerosos problemas o síntomas intensos, múltiples, multifactoriales y cambiantes.
  • Pronóstico inferior a los 6 meses.
  • Gran impacto emocional en el paciente, familia, y equipo terapéutico, muy relacionado con la presencia, explícita o no, de la muerte.
La situación de terminalidad puede definirse por la presencia de 3 de estos 5 criterios
¿Cómo determinaremos el momento en que se acerca la muerte? Teniendo en cuenta:

  • Deterioro progresivo del estado general.
  • Pérdida del tono muscular.
  • Cambios de signos vitales: enlentecimiento de la circulación y problemas respiratorios.
  • Afectación del nivel de conciencia.
  • Dificultades para la ingesta.
  • Síntomas psicoemocionales: ansiedad, tristeza, miedo, agitación ...
¿Cómo reconocemos la agonía?. Signos clínicos de agonía (Escala de Menten y Hufkens):
  • Nariz fría o pálida
  • Extremidades frías
  • Livideces
  • Labios cianóticos
  • Estertores de agonía
  • Pausas de apnea más de 15 segundos
  • Anuria: menos de 300 cc por día
  • Somnolencia: más de 15 horas de sueño al día.
Si tenemos 4 o más de estos datos, estaríamos en una situación de agonía (90% fallecería en 4 días), si tenemos de 1 a 3 de estos datos estaríamos en una situación de preagonía.
Comuniqué la situación y el pronóstico a mi familia, le di un beso en la frente, administré por vía subcutánea el medicamento adecuado, pasaron unos minutos y le retiré el oxígeno, todos estábamos al lado de su cama, en su habitación, sabiendo con certeza lo que estaba ocurriendo. Abrió los ojos, nos miró y descansó.
Pasado ya un tiempo, me encuentro bien, no me asaltan dudas sobre su atención sanitaria en la agonía, al resto de mi familia creo que tampoco.

Los cuidados paliativos siguen sin llegar a la mayoría de ciudadanos por cuestiones puramente ideológicas, que impiden su desarrollo o por razones claramente geográficas. Esto debería estar resuelto o en vías de resolución en los tiempos que corren.
La retirada de medidas terapéuticas es una decisión compleja que se debe tomar de acuerdo con criterios de proporcionalidad y de responsabilidad.

La comunicación con la familia en los momentos cercanos a la muerte es algo que deberíamos mejorar mucho los que nos dedicamos a cuidar personas.

"Morir más pronto o más tarde no es la cuestión, morir bien o mal, ésta es la verdadera cuestión. Y así como no siempre es mejor la vida más larga, así resulta siempre peor la muerte que más se prolonga"
Epístolas Morales a Lucilio



                                                                         Óleo de Sir Lawrence Alma-Tadema
"Dr Washington Epps. My Doctor"

Biografía:
  • ASTUDILLO, W., MENDINUETA, Bases para afrontar los dilemas éticos al final del la vida. 2008, págs. 643-666 Texto Completo
  • Organización médica colegial/Sociedad Española de Cuidados Paliativos. Guía de Sedación Paliativa. OMC/SECPAL. 2012. Texto completo
  • Plan Andaluz de Cuidados Paliativos 2008-2012. Texto Completo
  • Arce García MC. Problemas éticos en cuidados paliativos. Aten Primaria. 2006;38 Supl 2:79-84.

04 enero, 2016

Aviso a navegantes

(Artículo de Almudena Grandes en el diario EL PAIS)

"Ah, si de joven yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera".


Esto es una advertencia: ayer mismo me acosté teniendo 16 años y hoy me he despertado con más de sesenta. Quiero decir que la vida vuela. Ah, si de joven yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera. Lo que acabo de decir es una boutade, lo sé; pero, al mismo tiempo, es cierto que, con los años, llegas a un territorio, el de la vejez y la Parca merodeante, que antes nunca habías visto con verdadera claridad. Y entonces te dices: ah, cuánto tiempo perdido. Y no porque mi existencia me desagrade, al contrario, creo que ha sido y es muy intensa y que he hecho todo cuanto he querido hacer. Pero con qué nervios, de qué forma tan atormentada o tan aturullada, cuántas veces he vivido con el cuerpo aquí y la cabeza en otra parte. Por no hablar de la cantidad de tiempo y de energía perdidos en tonterías, como, por ejemplo, en creerme fea a los 18 años (cuando estaba más guapa que nunca), o en reconcomerme de angustia temiendo no estar a la altura en algún trabajo. Por eso, repito: si yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, hubiera vivido de otra manera.
Todo esto viene al hilo, claro está, del cambio de año. Esto del calendario no es más que una convención, pero cómo remueve y cómo escuece. En estas fechas es imposible no dedicar siquiera un minuto a sentir el viento del tiempo contra la cara, a revisar someramente el pasado, a preguntarte sobre tu futuro. Acabo de leer un libro extraordinario que viene bien para acompañar estas congojas. Se trata de Instrumental: memorias de música, medicina y locura, de James Rhodes (Blackie Books). El británico Rhodes tiene una biografía totalmente improbable. Por ejemplo, es pianista, un buen concertista. Sin embargo, empezó a estudiar piano mal y tarde, y luego lo dejó por completo durante 10 años hasta retomar la música en sus veintimuchos. No creo que haya habido en el mundo un caso así. Si abandonas un instrumento de ese modo, simplemente no es posible ser un músico de esa calidad. Pero él lo es. He aquí su primer milagro.
Tiene varios más, algunos espeluznantes. El libro de Rhodes cuenta con una crudeza que yo no había visto la experiencia de una víctima de pedofilia. A los seis años recién cumplidos, James fue violado por su profesor de boxeo del colegio. Y el tipejo lo siguió haciendo durante cinco años impune y sistemáticamente, hasta que Rhodes cambió de escuela. El niño, amenazado por el pedófilo, avergonzado y amedrentado, no dijo nunca nada a nadie; pero otros profesores lo veían llorar, lo veían salir con las piernas sangrando del despacho del monstruo y no hicieron nada. El libro de Rhodes es un grito indignado a esa pasividad tan común ante los abusos infantiles. Como las pequeñas víctimas no se atreven a denunciar, es muy cómodo ignorar un horror que se queda escondido, como los malvados ogros de los cuentos, en los cuartos oscuros y en las pesadillas de los niños. Y otra enseñanza más de este tremendo libro: las violaciones dejan secuelas. En primer lugar, graves secuelas físicas, porque es una brutalización continuada de un cuerpo muy pequeño (el músico tuvo que ser operado varias veces); y, por supuesto, una catarata de catástrofes psíquicas. Prostitución en la adolescencia, un año de internamiento en un psiquiátrico, tres intentos de suicidio, cortes autoinfligidos con una cuchilla, drogas, furia y dolor. Y este es el segundo milagro: ha sobrevivido a todo eso.
Pero aún queda por contar un cuarto milagro. Aunque la existencia de Rhodes parece larguísima y convulsa, sólo tiene 40 años. Guau, eso es vivir deprisa. Como decía Lou Reed: mi día equivale a tu año. Pues bien, al final el autor apuesta por su segunda esposa, Hattie, y se atreve a dar unos consejos para el bien amar. Antes, al leer el libro, Rhodes me había parecido un hombre conmovedor y admirable, pero también furioso y herido, demasiado intenso como para tenerlo muy cerca. Pero en estas páginas finales habla de la convivencia con tan modesta, honda sabiduría que me ha dejado admirada. Como, por ejemplo: “Lo que más deteriora una relación es tratar de salir ganando”. Pequeña gran verdad. Hace falta vivir mucho y pensar mucho para llegar a tan poco. O sea, que se puede aprender, aunque vengas con las heridas más crueles. Se puede recomenzar una y otra vez. Aviso a navegantes para sortear los escollos de este año: recordemos que, como prueba Rhodes, siempre hay futuro. Nunca seremos tan jóvenes como hoy y la vida se conquista día a día.

24 abril, 2012

Los camposantos de Monturque (Córdoba) y Granada, objeto del II Concurso de Fotografía Turística de Cementerios

Los camposantos andaluces incluidos en la Ruta Europea de Cementerios, es decir, el de San Rafael, en Monturque (Córdoba), y el de San José, en Granada, son la temática del II Concurso de Fotografía Turística de la Ruta Europea de Cementerios en Andalucía, cuyo objetivo es "realzar los aspectos monumentales, patrimoniales y paisajísticos" de ambos cementerios.

19 enero, 2012

Carta abierta de ANGELES CASO.

Publicada en La Vanguardia, el 19 de Enero de 2012

Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.

Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.


Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.

Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.

También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.

18 octubre, 2008

La piedra de los muertos en Adamuz

He entrado en la página web del Ayuntamiento de nuestro pueblo (estoy ausente pero llevo Adamuz en mi ser y no hay un segundo del dia en que deje de acordarme de donde nací, me crié y donde vive parte de mi familia)
Me ha encantado la página web, y veo con interés la existencia del foro con distintos temas. Quería enviar al Alcalde, Manolo Leyva, una carta que ha escrito como comentario a una noticia aparecida hoy en el Diario Cordoba, un hijo de adamuceños que emigraron a Brasil. Quien quiera leerla, puede pinchar en este enlace:
http://www.diariocordoba.com/noticias/noticia.asp?pkid=437988
luego, leer el comentario. Por favor, si alguien lo lee que se lo de al Alcalde de mi parte, ya que no conozco su correo-e.
Respecto a la piedra de los muertos pienso, que efectivamente es un símbolo de nuestro pueblo, debe permanecer en su sitio, en el primer tercio de la distancia que existía de un cementerio a otro: del antiguo, que estaba ubicado a la espalda de la Parroquia y el moderno, que comenzaba en las paredes del ahora unificado (antiguamente, había dos zonas diferenciadas: una para los que recibían sepultura cristiana y otra donde enterraban a los que la Iglesia se la negaba, bien por haberse suicidado, bien por ser ateos, etc.)
Hablar de la muerte es algo que no gusta. Nuestro pueblo, en este tema ha sido siempre muy especial, distinto de otros que conozco. Recuerdo de pequeño, y posteriormente conforme he ido creciendo he ido confirmando, que en Adamuz se tomaba con bastante naturalidad el tema de la muerte. El dolor de la pérdida de un ser querido era importante, el duelo por la ausencia también, el recuerdo siempre presente, el apoyo de vecinos y familiares era sobrecogedor. Todo esto, unido a nuestra forma de ser y tomar las cosas, hacían que la persona que estaba en puertas de abandonar este mundo se tomara con entereza y tranquilidad sus últimos días: el moribundo, desde pequeño había vivido esa forma de ser tan idiosincrásica como la nuestra, había interiorizado la forma de morir, se sentía respaldado por una herencia cultural mortuoria, sabía que estaría acompañado de su familia, amigos, vecinos, etc. Sabía que su familia tendría el apoyo de su pueblo...
La "piedra de los muertos" debe permanecer en su sitio, y se debe realzar su imagen; incluso diría más: ahora que se pasa de largo cuando el féretro es transportado en coche fúnebre, se debería dar la opción a quien lo deseara de poder descansar sobre ella al pasar a su altura, como se ha hecho siempre. Es la forma con la que un hijo de Adamuz se despide de su pueblo, al salir de él por última vez. Antiguamente la piedra era el hito que señalaba la salida del pueblo ya que a partir de ella solo había campo abierto hasta llegar al cementerio.
Tan interesante es el tema de la muerte, que realicé mi tesis doctoral con el título "MUERTE Y VALORES DE EXISTENCIA". En ella comparaba las distintas concepciones que tienen sobre la muerte dos poblaciones de nuestra provincia: nuestro pueblo, Adamuz, y el pueblo donde llevo viviendo la mitad de mi vida, Fuente Palmera.
Os deseo a todos mucha salud. Un fuerte abrazo:

08 diciembre, 2007

El mañana se prepara hoy

Absolutamente de acuerdo contigo. Tengo un año más que tú, y también me considero todavía joven, aunque no creo que supere en mucho, cuando llegue el momento, la edad media de supervivencia o expectativa de vida. Tengo la misma ilusión en realizar proyectos, en poner en marcha acciones, en ayudar a los demás, en dar amor, ... que cuando tenía 22 años (cuando comencé a ejercer de médico rural). Tengo la misma o incluso más ilusión en trabajar porque veo que es necesario, cada día más, ayudar a quien lo necesita; y en el medio rural, no veas cómo se necesita. No hay derecho a que la gente no piense en el envejecimiento, en la muerte... Lo que no gusta lo quitan de en medio; no se paran a meditar lo que están haciendo, para qué lo hacen, a quien beneficia o, más bien, a quien perjudica la actitud que adoptan en la vida.
Recuerdo cuando era pequeño, en mi pueblo natal, que era frecuente vivir la muerte de alguien con frecuencia. Rara era la semana que no había un entierro y con inusitada frecuencia se enterraba a algún niño. Estábamos acostumbrados, eramos menos sensibles al sufrimiento por la pérdida de un ser querido. Cuando comencé a realizar los estudios del tercer ciclo para obtener el grado de Doctor, no tenía ni idea del tema que me iba a encomendar la Cátedra de Psiquiatría para elaborar mi tesis doctoral. Cuando el Catedrático me dio el título ("Muerte y valores de existencia") me satisfizo porque pensé que se podían sacar unas conclusiones provechosas. Efectivamente así fue, pero no me voy a extender cansándote con datos y conclusiones.
Ahora habría que hacer otra investigación similar y las conclusiones serían muy distintas. En poco tiempo, la televisión, la política, los políticos, la mejoría del estar social ( no digo no bien ni mal estar), etc, ha conseguido que gran parte de la población se haya despreocupado de la vida real y piensen que viven otra realidad. No piensan en el futuro, no cimientan el futuro, ni a nivel familiar ni, mucho menos, a nivel social. No quieren pensar que el mañana existe y no es lejano, que para llegar en buen estado a viejo hay que prepararse de joven. Cada día son más numerosos los casos de muerte prematura de jóvenes por accidente de tráfico. No piensan que a las velocidades que alcanzan sus vehículos pueden matarse o matar a algún inocente. Se te pone una cara de tonto cuando acudes al entierro de algún joven y te solidarizas con el sufrimiento de sus familiares, que te enfadas contigo mismo y te sublevas por no haber hecho todavía más por evitar lo ocurrido. Pero no se puede luchar contra la impasividad de la familia que previamente han permitido que ese hijo o hija haya dejado los estudios a los 14 años, y se haya puesto a trabajar con el único objetivo de obtener dinero para comprarse una moto con la que "fardar" ante sus colegas haciendo barbaridades y olvidándose del valor de sus vidas. ¿Son estos quienes se encargarán de nosotros dentro de unos años? El panorama es sombrío: no quieren saber nada del paso de los años; no respetan a los mayores de hoy y no quieren que sus padres envejezcan. No piensan en la muerte. Gastan el presente no pensando en el mañana. No vale la pena hacer un llamamiento a quienes pueden poner las bases para corregir esta terrible desviación. No van a hacer caso. No interesa. Es mejor dejar las cosas como están: pseudofelicidad, falta de respeto, agresividad, ausencia de valores, dependencia (a la tele, al fútbol, a las revistas del corazón, a las drogas, al trabajo como generador de recursos para ocio peligroso, ...), beligerancia, fanatismo, extremismos políticos, oposición permanente. Es mejor seguir así que ponerse de acuerdo y plantar la semilla legislativa y jurídica que siente de una vez y para siempre las bases de la convivencia y la felicidad, no importándonos la edad.

El valor del vínculo en la Medicina Rural, por el Dr. D. Angel López Hernanz, médico de Cañada Rosal (Sevilla)

 Este artículo publicado en Redacción Médica el pasado 21 de Septiembre e 2025, cuenta con todo mi apoyo y estoy totalmente de acuerdo con t...

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